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  • Amanda Arana González

El lenguaje de las abejas nativas: una ventana hacia la resiliencia


En 2017, Naciones Unidas (ONU) decidió declarar el 20 de mayo como el Día Mundial de las Abejas, cuyo principal objetivo es “proteger a las abejas y otros polinizadores para que puedan contribuir de forma significativa a resolver los problemas relacionados con el suministro de alimentos en el mundo y acabar con el hambre en los países en desarrollo” [1]. La forma en la que una de las organizaciones mundiales más importantes nos invita a pensar sobre las abejas y su importancia pareciera darse bajo el lente de la utilidad económica, aunado a una visión lineal. Este hecho nos hace darnos cuenta de la urgencia de cuestionar, criticar y repensar la forma en la que se abordan los temas de conservación y producción alimentaria.


Las plantas con flor son la base sobre la cual se sostiene la vida en la Tierra, la existencia de innumerables especies, incluyendo a los humanos, depende de ellas y de su enorme diversidad y su prevalencia en todos los ecosistemas del planeta. Pocos cambios han afectado el paisaje y la ecología de la Tierra tanto como la llegada de los angiospermas (Gould y Andrews., 2001).

En términos de historia evolutiva, es importante mencionar que las plantas con flores más antiguas del registro fósil datan de más de 145 millones de años atrás. La radiación de angiospermas, es decir, el estallido de especiación que sucedió en esta época, permitió el desarrollo de especies con nuevas arquitecturas de crecimiento y roles ecológicos (Danforth et al., 2013). Los cambios adaptativos por los que pasaron los angiospermas fueron indispensables para generar nuevos ecosistemas, entre ellos destacan: semillas protegidas dentro de los aparatos reproductores femeninos, extraordinarias gamas de colores, formas y aromas, así como los frutos carnosos y el polen, que representaron una nueva fuente de alimento para diversos animales (Gould y Andrews., 2001). Asimismo, las innovadoras morfologías de las semillas les permitieron dispersarse con éxito a través de pequeños vertebrados como mamíferos, reptiles y aves.

Las plantas con flor proporcionaron las condiciones necesarias para una diversificación evolutiva, especialmente para animales herbívoros e insectos polinizadores. El registro fósil del cretácico temprano es una evidencia de que los primeros angiospermas fueron polinizados por insectos recolectores y consumidores de polen y néctar (Crane et al., 1995).



Scaptotrigona mexicana visitando la floración nativa, Ocomantla, Zihuateutla.

Fotografía de la autora



Dentro de todos los animales polinizadores, las abejas son el grupo más importante. El surgimiento de las abejas coincidió con los orígenes y la diversificación de los primeros angiospermas, es por ello que esta relación tan antigua representa una de las asociaciones coevolutivas [2] más exitosas y fascinantes en la historia de la tierra (Danforth et al, 2013). Todas las abejas se caracterizan por ser antófilas (amantes de las flores) y polinívoras, es decir, que se alimentan de polen. Independientemente de su organización social ya sea en colmenas o individual, como mencionamos anteriormente, todas se alimentan de polen, néctar o aceites florales en las diferentes etapas de su vida.


Cuando se habla sobre abejas, una de las primeras imágenes que vienen a nuestra cabeza es la de Apis mellifera, la abeja europea con aguijón y patrones de coloración negros y amarillos. Sin embargo, actualmente conocemos alrededor de 20 mil especies de abejas, de las cuales el 90% son de hábitos solitarios y tan solo el 10% son sociales. La inseparable correlación evolutiva con los angiospermas les permitió desarrollarse con éxito en una innumerable cantidad de nichos ecológicos [3] y ecosistemas a lo largo del tiempo. Tan solo en México existen más de 2 mil especies de abejas nativas, de las cuales, gran parte son solitarias (Arnold et al., 2018). Sin embargo, esta enorme diversidad enfrenta múltiples problemáticas relacionadas con el deterioro ambiental y cambio climático.


Desde hace algunos años hemos comenzado a escuchar en los medios, en Internet o incluso entre nuestras conversaciones interpersonales sobre la “crisis de polinizadores” y sus consecuencias a múltiples escalas. La crisis de polinizadores es un fenómeno sumamente complejo que no solo afecta a los insectos, sino a muchos otros animales como aves, murciélagos y otros vertebrados, y sus consecuencias no sólo se limitan a las bajas en la producción agrícola y el suministro de alimentos.



Manuel Hernández de la comunidad de Ocomantla durante una capacitación sobre apicultura en el ADVC Kolijke. Fotografía de la autora.



Actualmente nos encontramos en la era geológica denominada holoceno, más específicamente en la etapa que las ciencias ecológicas y sociales denominan Antropoceno. El holoceno (del griego holos, todo y kaino, reciente) se caracteriza por ser una de las eras con mayor diversidad de especies en la historia de la tierra. Fue un largo periodo en el que los refugios y las condiciones óptimas abundaban para sustentar una gran diversidad biológica y biocultural. Sin embargo, hoy en día, más que sentir que pertenecemos al holoceno, nos sentimos identificados y partícipes del periodo (espacio-tiempo) denominado Antropoceno (Haraway, 2016). El Antropoceno surge como concepto a partir de la necesidad de evidenciar una etapa en la que los seres humanos somos el principal catalizador de cambios en los sistemas de la Tierra [4]. Lamentablemente, para nombrar la era presente, en la que predomina la premisa capitalista que separa a la humanidad de la naturaleza (Moore, 2017) el término más adecuado sea Capitaloceno. El Capitaloceno resulta la antítesis del Holoceno, es decir, se caracteriza por la rápida destrucción de espacios y oportunidades de refugio para personas y otras especies. Ahora mismo, la tierra vive una fuerte crisis de refugiados humanos, que se han visto desplazados de sus lugares de origen por causas tanto políticas como ambientales.


El Antropoceno marca discontinuidades severas; lo que viene después no será como lo que vino antes

- Donna Haraway, Staying with the Trouble: Making Kin in the Chthulucene.


La alarmante tasa de pérdida de biodiversidad nos sitúa en la famosa “sexta extinción masiva”, un fenómeno complejo, en el cual las causas principales se atribuyen al cambio climático global, la apropiación extractivista de recursos, la fragmentación de los hábitats, la introducción de especies no nativas y la propagación de patógenos (Barnosky et al., 2011)

A lo largo del tiempo, la Tierra ha transitado por un gran número de extinciones, las cuales se caracterizan por causar cambios mayores en sus sistemas (ecología, atmósfera, superficie y agua) a tasas sumamente rápidas. La actual escala y velocidad de extinción de especies no tienen precedentes: se calcula la pérdida de alrededor del 75% del total de especies estimadas en la Tierra (Barnosky et al., 2011).


Uno de los eslabones principales para entender esta rápida pérdida de biodiversidad es el declive de insectos polinizadores. La tajante y rápida reducción en las dinámicas ecológicas entre plantas y polinizadores es sinónimo de cambios en la producción primaria de todos los ecosistemas.


A pesar de que la creciente crisis de polinizadores afecta directamente a las abejas, el milenario vínculo interespecífico entre abejas melíferas y humanos nos brinda una oportunidad tangible y realista para actuar con respons-habilidad ante las presentes y futuras problemáticas del antropoceno. Ahora más que nunca, contamos con la información y las herramientas para incrementar exponencialmente nuestra capacidad de identificar y monitorear las problemáticas que enfrentan las comunidades de polinizadores y la diversidad de redes ecológicas que se ven afectadas (Manel et al., 2013).



Muestreo de polen en colmenas de Apis mellifera para análisis genéticos,

Ocomantla, Zihuateutla..

Foto de la autora.



Puede parecer bastante obvio que las regiones de selvas y bosques se componen por una mayor diversidad de especies, y que por ende resulte prioritaria su conservación y protección ante los múltiples problemas socioambientales que las amenazan. Diversas especies vegetales y animales siguen un gradiente latitudinal [5] en el que la diversidad aumenta hacia los trópicos y el ecuador, y disminuye hacia los polos. Sin embargo, las abejas son una excepción ya que existe una mayor diversidad en regiones ubicadas hacia los polos, es decir, siguen un gradiente latitudinal bimodal, lo cual es un claro ejemplo de que los cambios ecológicos abruptos en las regiones más cercanas a los polos pueden tener consecuencias muy delicadas (Orr et al., 2021).


La variación ambiental es sinónimo de biodiversidad. Lamentablemente, el sistema agroindustrial nos ha dirigido a una homogeneización, en la que predomina la sustitución de los diversos paisajes por monocultivos, limitando drásticamente los recursos disponibles para otras especies e incluso para los mismos humanos. Sin embargo, los sistemas agroecológicos que buscan mantener la heterogeneidad de la vegetación nativa representan en la actualidad una de las mejores apuestas para la conservación de la biodiversidad (Vides et al., 2019).


Los paisajes que proveen recursos florales abundantes y diversos son una fuente de nutrición y refugio para diversos polinizadores. Las diferentes especies de abejas forrajean en una gran diversidad de flores y recorren grandes distancias para satisfacer sus necesidades nutricionales, dado que la calidad y cantidad de polen y néctar varía de un angiosperma a otro (Hawkins et al., 2015).


Conforme la agroecología va abriéndose paso como una alternativa global de transformación, priorizar la heterogeneidad vegetal de los paisajes está completamente ligada al manejo de abejas melíferas. El manejo de abejas melíferas dentro del marco de la agroecología puede brindar condiciones adecuadas que beneficien y protejan a otros tipos de abejas y a diferentes animales polinizadores, que resultan indispensables para mantener la salud y función de los ecosistemas (Vides et al., 2019). Asimismo, la meliponicultura y apicultura agroecológica vinculan armoniosamente la búsqueda de modos de vida sostenibles y la regeneración de valores y vínculos culturales (Hill et al., 2019).



Un núcleo de abejas recién dividido recorre su viaje por la selva para instalarse en una huerta, transportado por Manuel Hernández y Patricio Cano, miembros del equipo de Kolijke, Ocomantla, Zihuateutla. Fotografía de la autora.



Sin embargo, actualmente el manejo de abejas melíferas enfrenta diversas problemáticas relacionadas al deterioro ambiental y cambio climático, entre ellas malnutrición, intoxicación por agroquímicos y vulnerabilidad a enfermedades (Vaudo, et al., 2015). Por otro lado, ahora nos enfrentamos a consecuencias poco advertidas y relativamente recientes, como la presencia de transgenes en el ADN del polen transportado a las colmenas.


La mayoría de los ecosistemas cambiarán de manera rápida y dinámica como parte del cambio global. Ahora las abejas melíferas, más que representar recursos valiosos como la miel, cera, propóleo, etc., resultan compañeras y aliadas para encontrar soluciones y propuestas para regenerar nuestras formas de vida.


Cuando googleamos sobre las evidencias de la crisis de polinizadores, suelen aparecer noticias y datos sobre el impresionante declive de Apis mellifera (abeja europea), la abeja más abundante y cosmopolita del planeta. Apis mellifera fue introducida, durante la conquista, en diversas regiones del mundo por diferentes países europeos. Particularmente en Mesoamérica, Apis mellifera fue introducida para satisfacer la gran demanda de cera por parte de la Iglesia Católica. A pesar de su alto rendimiento, el manejo de la abeja europea no reemplazó el manejo de meliponas nativas (abejas sin aguijón) en diversas regiones de México. Un claro ejemplo es el de Melipona beecheii en el Sureste del país, o Scaptotrigona mexicana en la región Nororiental.


Claramente, Apis mellifera es una de las especies más afectadas por el cambio climático y los efectos colaterales de la producción agroindustrial, sin embargo, el interés por recuperar el manejo tradicional de abejas nativas es una oportunidad esperanzadora.



Reubicación de una colonia de Scaptotrigona mexicana en una experiencia de aprendizaje colectivo en el Centro Comunitario Productivo de Ocomantla, Zihuateutla. Fotografía de la autora.



La miel producida y el polen colectado por abejas nativas son una fuente de información clara, precisa y accesible sobre lo que está ocurriendo en ciertas coordenadas espacio-temporales, es decir, la miel puede verse como un mapa. Un mapa que nos provee de información valiosa sobre el clima, los patrones de preferencia de las abejas ante determinada floración pero, sobre todo, representa una forma inteligente de monitorear problemas socioambientales.


Prestar atención al lenguaje de organismos que han tenido una historia coevolutiva desde hace millones de años con las flores, puede ser la clave para entender las complejas y cambiantes dinámicas en los ecosistemas e inspirarnos para actuar con responsabilidad, cariño y cuidado. Contrario a la visión antropocéntrica que propone la ONU, ahora podemos cambiar de perspectiva y, en lugar de pensar en las abejas pensemos con las abejas - y otros polinizadores- las formas posibles de cuidarnos entre nosotros. Como dice Dona Haraway (2016): “Ahora se trata de configurar mundos de manera conjunta, en compañía”.


Partiendo de la premisa de pensar a través y junto con las abejas nativas, los jóvenes de la comunidad de Ocomantla han aprendido, a través del manejo de abejas melíferas -nativas y europeas-, a generar un convencimiento por medio de experiencias significativas, en las que la capacidad de asombro y la empatía resultan aprendizajes clave para detonar procesos participativos en su comunidad, y, dado que Ocomantla se encuentra en una de las regiones más biodiversas del país, el desarrollo de proyectos agroecológicos, que tengan como parte medular la empatía y el trabajo conjunto con otras especies, resulta fundamental bajo la crisis ambiental que vivimos actualmente.




Notas al texto:


[1] Cita obtenida del apartado “Dependemos de la supervivencia de las abejas” en https://www.un.org/es/observances/bee-day (Consultado el 19 de mayo de 2021)

[2] Coevolución: la evolución se puede definir como el proceso mediante el cual, dos o más organismos, ejercen presión de selección mutua y sincrónica, esto quiere decir, en el mismo tiempo y espacio geológico, y que resulta en adaptaciones específicas recíprocas. En este sentido, si no hay una adaptación mutua, no puede hablarse de coevolución (Janzen, 1981).

[3] Un nicho ecológico, de forma general, puede definirse como el rango de condiciones ambientales, físicas y bióticas, en las que una especie, puede vivir y perpetuarse de manera exitosa.

[4] El término “Antropoceno” fue acuñado por el químico de la atmósfera Paul Crutzen en el año 2000.

[5] En la biogeografía, el Gradiente Latitudinal de Diversidad es una de las teorías para explicar la dispersión desigual especies. Sugiere que la diversidad biológica tiende a concentrarse cerca del Ecuador y los Trópicos. Sin embargo, existen excepciones. El caso particular de las abejas se considera un Gradiente Latitudinal Bimodal, en el cual la mayor cantidad de especies se concentra en los hemisferios Norte y Sur, por ende, la diversidad de especies es menor en el Ecuador y los Trópicos (Orr et al., 2021).



Referencias:

  1. Arnold, Noemi & Ayala, Ricardo & Merida, Jorge & Sagot, Philippe & Maya, Elda Miriam y Vandame, Rémy. (2018) Registros nuevos de abejas sin aguijón (Apidae: Meliponini) para los estados de Chiapas y Oaxaca, México. Revista Mexicana de Biodiversidad, 89, 10.22201/ib.20078706e.2018.3.2429.

  2. Barnosky A.D., Matzke N., Tomiya S., Wogan GO., Swartz B., Quental T.B., Marshall C., McGuire J.L., Lindsey E.L., Maguire K.C., Mersey B., Ferrer E.A. (2011) Has the Earth's sixth mass extinction already arrived? Nature. doi: 10.1038/nature09678.

  3. Crane, P., Friis, E. y Pedersen, K. (1995) The origin and early diversification of angiosperms. Nature. 374, 27–33 https://doi.org/10.1038/374027a0

  4. Danforth B.N., Cardinal S, Praz C, Almeida E.A. y Michez D. (2013) The impact of molecular data on our understanding of bee phylogeny and evolution. Annu Rev Entomol., 58:57-78, doi: 10.1146/annurev-ento-120811-153633..

  5. (Gould Stephen J., Andrews Peter (2001) The book of life: An illustrated History of the Evolution of the Life on Earth. WW Norton. pp. 161-165

  6. Haraway, D. (2016) Staying with the trouble: making Kin in the Chthulucene. Duke Press, pp. 20-23, 79-84

  7. Hawkins, J., Vere, N., Griffith, A., Ford, C., Allainguillaume, J., Hegarty, M., Baillie, L., Adams-Groom, B. (2015). Using DNA Metabarcoding to Identify the Floral Composition of Honey: A New Tool for Investigating Honey Bee Foraging Preferences. PloS one. 10. e0134735, 10.1371/journal.pone.0134735.

  8. Hill, R., Nates-Parra, G., Quezada-Euán, J.J.G. et al. (2019) Biocultural approaches to pollinator conservation, Nature Sustainability, 2, 214–222, https://doi.org/10.1038/ s41893-019-0244-z

  9. Manel, S., & Holderegger, R. (2013). Ten years of landscape genetics, Trends in ecology & evolution, 28 (10), 614–621. https://doi.org/10.1016/j.tree.2013.05.012

  10. Moore, Jason. (2017). The Capitalocene Part I: On the Nature & Origins of Our Ecological Crisis. Journal of Peasant Studies. 44. 594-630. doi:10.1080/03066150.2016.1235036.

  11. Orr M.C., Hughes A.C., Chesters D, Pickering J, Zhu C.D., Ascher J.S.. (2021) Global Patterns and Drivers of Bee Distribution, Curr Biol., 31(3):451-458.e4, doi: 10.1016/j.cub.2020.10.053.

  12. Vaudo, A. D., Tooker, J. F., Grozinger, C. M., & Patch, H. M. (2015) Bee nutrition and floral resource restoration, Current opinion in insect science, 10, 133–141, https://doi.org/10.1016/j.cois.2015.05.008

  13. Vides, E., Porter-Bolland, L., Ferguson, B., Gasselin, P., Vaca, R., Valle-Mora, J. y Vandame, R. (2019) Polycultures, pastures and monocultures: Effects of land use intensity on wild bee diversity in tropical landscapes of southeastern Mexico. Biological Conservation.,236, 269-280, 10.1016/j.biocon.2019.04.025.


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