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  • Julia Bravo

Kolijke y la erradicación de la violencia de género

Updated: Mar 10

El 8 de marzo ha ganado cada vez mayor relevancia como un día clave para denunciar la violencia hacia las mujeres y exigir un trato digno en espacios seguros. Buscamos ser libres, felices y tratadas con respeto. Sin embargo, estos objetivos distan de ser una realidad, porque dentro de nuestros contextos, con mayor o menor intensidad, nos encontramos constantemente amenazadas por las cifras abrumadoras que siguen acumulándose y subiendo en porcentaje. En México, aproximadamente diez mujeres son asesinadas al día y 59.4% de las mujeres han sufrido violencia o acoso sexual por parte de un compañero sentimental. En Puebla, fueron cometidos 49 feminicidios entre enero y agosto de 2020, con lo que se posicionó como el quinto estado con mayor incidencia de este crimen. Es también el segundo en trata de personas.


La impotencia y la frustración parece reinar el debate público, pues ante un fenómeno tan grande, es poco lo que, aparentemente, se puede hacer. ¿De qué forma podemos hacerle frente a una realidad que es tan aterradora y hostil hacia las mujeres?


En Kolijke, hemos pensado varios años por qué un proyecto ambiental y social, enfocado mayoritariamente a proyectos de conservación, restauración, agroecología y soberanía alimentaria, tendría que responder a esa problemática en vez de fortalecer sus objetivos principales.


La respuesta, que no resulta tan obvia en un primer momento, es esta: si una de nuestras máximas es “cuidar la vida en todas sus formas”, resulta indispensable mirar no sólo la vida de las plantas y los animales, sino la vida de las mujeres y los vínculos sociales que pueden, o no, construir espacios pacíficos y fructíferos para el desarrollo de todas y todos los miembros de una comunidad. No podemos voltear la cara hacia otro lado ante el panorama de violencia que se vive actualmente. Es menester comenzar a replantearnos qué tipo de dinámicas y concepciones se han perpetuado y han normalizado la violencia hacia la mujer hasta un grado inadmisible, en el que es cosa de todos los días golpear, desaparecer a una mujer o asesinarla.


Es por eso que, desde 2016, en el equipo de talleristas del proyecto social de Kolijke, hemos realizado capacitaciones y discusiones críticas con el fin de comprender de qué forma los temas sobre género y feminismo pueden tener cabida en el trabajo comunitario. En la campaña educativa realizada en la comunidad de Ocomantla en 2017, se gestionaron dos espacios para hablar de la experiencia de ser mujer: un taller de bordado con madres de familia y un taller de género con mujeres jóvenes.


El taller de bordado se realizó por seis semanas, todos los martes y jueves a la “hora del lonche”: las 11:30 am, que es cuando las madres van a dejarles un refrigerio - normalmente comidas realizadas con mucho esmero- a los niños de la primaria y secundaria. Durante el taller, nos dimos cuenta del profundo conocimiento sobre técnicas de bordado de las mujeres, así que decidimos dividir el taller en momentos de conversación o de ejercicios relacionados al juego y la imaginación, y otro momento de bordado más “experimental”. En alguna sesión, después de conversar sobre nuestros nombres, hicimos algo que ninguna había hecho: bordar nuestro nombre propio. También bordamos las cosas que nos asustaban, y los sonidos que nos gustaban. Comenzar a bordar sin un patrón fue una tarea que nos llenaba de miedo, pero que poco a poco nos dio la posibilidad de pensar fuera de la caja, y de seguir nuestros propios impulsos.


De ese taller también rescato un momento crucial: un día, hicimos una dinámica de imaginar, primero, qué pasaría si un día dejara de haber mujeres en Ocomantla, y, después, qué pasaría si un día dejara de haber hombres en Ocomantla. Con la primera pregunta todas rieron y dijeron: “no, pues los niños estarían todos sucios y los hombres en las cantinas”; con la segunda pregunta hubo silencio y una mujer decidió contestar: “seríamos libres”.


El segundo espacio para mujeres en la campaña educativa fueron tres sesiones con chicas jóvenes, en donde privilegiamos el juego, y dinámicas para conocernos y comenzar a entender cuáles eran las dudas y preocupaciones de la población juvenil en Ocomantla. Recuerdo que una ocasión hablamos de la ropa que nos podía llegar a incomodar y una chica nos dijo que no le gustaba usar shorts. A partir de ahí, comenzamos a indagar cuál era el motivo de su rechazo. No era que fueran cortos o incómodos en sí mismos, pero sí lo eran en relación a sentirse vulnerable al ir caminando por la calle. Así que hablamos de cómo un espacio puede determinar la forma en la que nos vestimos por miedo a que nos suceda algo.


En otro momento, hicimos una actividad con las chicas en la que nos contaron un día de sus vidas y cuando terminaron, nos increparon: “nosotras también queremos saber de ustedes, así que cuéntenos un día de sus vidas”, cuestionando la figura de la facilitadora que pide apertura, pero no está dispuesta a ser abierta. Por ello, les hablamos de la vida en la ciudad, de cómo nos sentimos y de cómo, de formas parecidas y distintas, también padecemos ciertos grados de violencia. El intercambio fue valioso para ambas partes.



Durante la campaña educativa, nos dimos cuenta de las violencias concretas que se experimentan en las comunidades vecinas a Kolijke. Hay bastantes problemáticas relacionadas a la violencia de género: embarazos adolescentes; alcoholismo (mayoritariamente en la población masculina); violencia intrafamiliar; violencia sexual infantil; prostitución; violaciones y en general, demasiada vulnerabilidad hacia las mujeres y especialmente hacia las niñas y adolescentes. Cabe resaltar, por otro lado, que Ocomantla es un pueblo donde la mayoría de las jefas del hogar son mujeres, debido a que muchos de sus esposos son migrantes y están trabajando en la Ciudad de México u otros estados, por lo que hay una presencia fuerte de liderazgo, toma de decisiones en los comités y sensación de colectividad entre las madres de familia.


Con todo lo anterior en mente, decidimos que queríamos darle seguimiento a dichas problemáticas. Es por eso que los siguientes seis meses nos preparamos en la Ciudad de México para dar un taller en una de las escuelas de Ocomantla. En enero de 2018 un equipo de cuatro talleristas mujeres: Julia Ojeda, Katia Ramírez, Carolina López y Julia Bravo, dimos el primer taller mixto titulado “Violencia y estereotipos de género” con todxs lxs estudiantes de la telesecundaria “Cuautémoc”. A través de 10 sesiones de dos horas cada una (a veces un poco más), intentamos problematizar, desde un nivel muy visible pero poco cuestionado, qué tan interiorizados y arraigados están los estereotipos de género. Por eso, a través de ejercicios de ficción, dibujo, y discusión de videos, comenzamos a replantearnos, junto con lxs estudiantes de secundaria, cómo nos pensamos a nosotras mismas desde las concepciones de feminidad y masculinidad, con el fin de analizar qué tanto nos han sido impuestas, cómo podemos concebirnos desde otros espacios de enunciación e identidad, y cómo podemos dejar de juzgar y burlarnos de la otra y del otro, pues es al final el odio y la intolerancia hacia lo distinto lo que puede desembocar en violencia.


Otros temas relevantes fueron: la violencia de género, que fue explicada con ayuda del “violentómetro” y el “iceberg de la violencia de género”, feminicidios en México, violencia cibernética, grooming y trata de personas, sexualidad y métodos anticonceptivos (para esa sesión, nos dividimos en hombres y mujeres y con ayuda de Ignacio Garza y Jorge García, resolvimos dudas anónimas escritas en un buzón), y mitos del amor romántico; todo ello mezclado con dinámicas de integración para reforzar el tejido de la comunidad de estudiantes. Finalmente, realizamos un periódico mural para poder difundir los materiales realizados en dos semanas de trabajo.


Consideramos que la información y las reflexiones que hicimos en conjunto le brindó a lxs jóvenes mejores armas para enfrentar una realidad tan compleja y, por momentos, terrible para las mujeres.


Con la satisfacción de haber realizado un taller en el que todas y todos tuvimos aprendizajes significativos, en 2018 nos animamos a meter nuestro taller en la convocatoria “Projuventudes” del Instituto de la Juventud, la cual daba un apoyo de 50 mil pesos a proyectos de jóvenes para jóvenes. Afortunadamente, contamos con ese recurso y en junio de 2018 realizamos la segunda edición del taller de violencia y estereotipos de género en el bachillerato “21 de mayo” de Ocomantla.


El taller, esta vez realizado por Mashelli Contreras, Katia Ramírez, Araceli Luna, Jorge García y Julia Bravo, tuvo ligeras variaciones respecto a los temas que considerábamos que debían tener mayor peso. Por eso, estuvo más volcado a qué estrategias podemos crear para prevenir la violencia de género y los feminicidios desde nuestro contexto, y cómo poder tener una sexualidad más abierta e integral, con el fin de comenzar a generar redes de confianza y cuidado.


Una de las dinámicas más significativas de los talleres e implementada en esta edición fue la realización de un tendedero. Esta actividad nació por la importancia de comenzar a identificar y nombrar violencias, en un contexto radicalmente distinto al de la Ciudad de México o las ciudades en general. Les platicamos a lxs estudiantes cuál era el origen de los tendederos, por qué había sido necesario implementarlos y cómo podía crearse una comunidad de víctimas de violencia sexual. Sin embargo, decidimos darle algunos giros a un tendedero tradicional: en primer lugar, además de que no fue necesario decirlo, era mixto y la idea no era apuntalar a nadie, sólo hablar de una situación donde se hubiera padecido violencia o violencia de género. En segundo lugar, además de escribir anónimamente una denuncia, o en este caso, situación de violencia, también había que poner una situación en la que quien escribía hubiera cometido un acto de violencia o violencia de género. Así, a pesar de la imposibilidad de replicar esta actividad en la Ciudad de México, logramos crear una comunidad que por 40 minutos nombró sus violencias para hacer de los errores y la violencia un aprendizaje, visibilizarlo y jamás volverlo a hacer, además de intentar sanar. En el caso de las denuncias de víctimas, salieron a la luz cosas muy fuertes que no sólo evidenciaban la extrema violencia sexual y verbal que padecen las jóvenes de Ocomantla, sino los mandatos que los jóvenes tienen que cumplir. Fue clara la forma en que el machismo se va subjetivizando en su personalidad y en su actuar, ya que, si no aceptan ciertos “ritos de paso” de la masculinidad, son unas “niñas” o no son suficientemente “hombres”.



Para finalizar el taller, hicimos una presentación de los temas que revisamos para lxs estudiantes y padres de familia de la telesecundaria “Cuautemoc”. Cabe destacar que la presentación fue organizada y llevada a cabo voluntariamente por las estudiantes del bachillerato, quienes se mostraron realmente conmovidas y preocupadas, especialmente por la alarmante tasa de feminicidios y desapariciones de mujeres.


En enero de 2019, realizamos un tercer taller de violencia y estereotipos de género, esta vez con lxs estudiantes de tercer grado de la secundaria “Amado Nervo” de Ahuaxintitla, la comunidad aledaña a Ocomantla. En este taller, además de varios ejercicios y temas previamente mencionados, también quisimos darle un mayor peso a revalorizar las labores de las mujeres y a su sexualidad. En esta ocasión, el equipo de talleristas estuvo conformado por Mariana Yuste, Ylia Bravo, Paloma Muñoz, Katia Ramírez, Araceli Luna, Jorge García, Olinmenkin Sosa y Julia Bravo.


En el taller de Ahuaxintitla, se realizó una conferencia acerca de sexualidad y métodos anticonceptivos coordinada por la bióloga Mariana Yuste, quien ahora ha reformulado su plática de forma independiente para convertirla en un taller sobre sexualidad femenina que ha sido impartido en espacios de la Ciudad de México como la FES Aragón, la Facultad de Ciencias de la UNAM y en Plenilunia, un colectivo sobre salud con perspectiva feminista.


Para poder trabajar el tema de revalorización del trabajo de las mujeres, consideramos que la forma más evidente de darse cuenta de lo que implica llevar un hogar, era observar a sus madres o alguna mujer de su familia e indagar sobre su vida. Por ello, una de las tareas del taller se tituló “Entrevista a tu mamá”, en donde los participantes les hacían preguntas como: dónde nació, dónde creció, cómo recuerda su infancia, cuál fue su primer trabajo, cuál es su rutina, cuál es su comida favorita, etc. Otra de las indicaciones a seguir en esta tarea era anotar las cosas que les habían gustado, que no quisieran olvidar, que no sabían, que les parecieran importantes o bonitas.


Monserrat mencionó cómo a su mamá, Agustina, le había conmovido mucho que su hija le hiciera esas preguntas mientras platicaban en el comedor; José Aquileo escribió que entrevistó a Isabel, su mamá, mientras estaban acostados escuchando música y que le había gustado estar relajado y saber más sobre “la mujer más importante en su vida”. Carlos Eduardo nos compartió en su tarea que le gustaría regresar a cuando su mamá, Araceli, era chica. Probablemente el texto que más nos sacó una sonrisa fue la entrevista de una chica que hizo una lista de, no miento, más de veinte platillos favoritos de su mamá, y en el equipo de género imaginamos cómo su mamá le iba a dictando a su hija todas sus pasiones culinarias. Para cerrar la actividad habíamos hecho, unos días antes, un ejercicio de autorretrato con pinceles gruesos donde no importaba tanto la precisión sino la creatividad. Después de haber realizado el autorretrato en la mitad de una cartulina, en la otra mitad les pedimos que realizaran un retrato de sus mamás. Los resultados fueron diversos y amorosos: recuerdo que, a diferencia de la mayoría de los autorretratos, los retratos se hicieron con cautela, pues era su mamá a quien estaban representando. Durante el tiempo que duró la actividad, hubo un estudiante que se dedicó a pintar la falda de su mamá de todos los colores y con todas las combinaciones posibles. Cuando terminó, protegía su pintura como quien vigila un tesoro.


Finalmente, hubo una exposición de las entrevistas de sus mamás en conjunto con el retrato que realizaron.


Estos talleres se han realizado siempre a través del diálogo y la diversión. Gracias a los vínculos que hemos podido forjar con algunxs profesorxs de Ocomantla, especialmente con los de la telesecundaria “Cuautémoc”, intercambiamos ideas acerca de cómo se podría incidir en una comunidad de una forma más práctica y efectiva, ya que, a pesar de que nos encanta, dar talleres a estudiantes siempre será una labor interminable. Es por eso que, en mayo de 2019 hubo un taller de dos sesiones con la psicoanalista Raquel Larson y aproximadamente 50 profesores de secundaria de la zona número 28 de Telesecundarias Federales, sobre cómo poder abordar y contener situaciones de violencia de género desde la labor docente.


Dicho taller tuvo resultados positivos, pues lxs profesorxs, Raquel, y el equipo de talleristas del área de género realizamos actividades tomando como primer acercamiento la infancia y la experiencia única de cada unx de nosotrxs. También hubo un espacio de profunda confianza en donde se hablaron de los casos concretos de violencia que se vive en cada secundaria de la zona. Lxs profesorxs nos comentaron que jamás se había habilitado un espacio de esa naturaleza, pues las reuniones casi siempre son para discutir normativas, calificaciones y mejoramiento académico, lo cual suscita involuntariamente una dinámica de competencia más que de colaboración y solidaridad. El taller culminó con la promesa de seguir trabajando estos temas en un futuro.


Si bien la pandemia obstaculizó muchos de los procesos que se están desarrollando en el área social de Kolijke –y en el mundo en general–, seguimos pensando de qué forma podemos desmontar las violencias que imperan en nuestras comunidades y cómo se deben proponer acciones que contrarresten el peligro que aqueja la vida de las mujeres y, por ende, el tejido social de las comunidades.


Nuestras acciones seguirán enfocadas a brindar información, cuestionar los prejuicios y estereotipos que pueden desembocar en violencia y comenzar a generar espacios de confianza, disfrute, y escucha activa para abrir la conversación respecto a la experiencia de ser mujer.


En resumen, entre las tres escuelas, son aproximadamente 120 estudiantes los que han tomado el taller “Estereotipos y violencia de género”. Si a ello le sumamos los 50 profesorxs de zona, serían entonces 170 personas que han colaborado con el equipo de Kolijke para mejorar las condiciones vitales en las que nos encontramos.


Esperamos, en un futuro, seguir realizando talleres en espacios educativos, desde nivel básico hasta la formación docente. Es importante remarcar que en otros grupos de trabajo, integrados por gente que colabora con el equipo de la reserva, hay una presencia mayoritaria de mujeres, quienes se han reunido para formar colectivos solidarios y organizados, tales como: el grupo de producción de hongos seta, el grupo de producción de huertos de traspatio, las dos generaciones de Jóvenes Construyendo el Futuro –quienes se están formando en temas de monitoreo ambiental y agroecología–, el comité del Centro Comunitario de Ocomantla, y el grupo organizado de muralistas, –quienes, en abril, realizarán un mural relacionado a temas de género en su comunidad.


El futuro, por momentos paralizante, está también cargado de esperanza y ganas de realizar acciones en conjunto. Para seguir realizando talleres en más escuelas y en más comunidades, necesitamos de tu apoyo y solidaridad. Tus donativos nos permitirán seguir haciendo actividades que prevengan la violencia de género. Un problema que nos interpela a todas y todos como sociedad.


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TODAS LAS FOTOGRAFÍAS FUERON TOMADAS POR ARCADIO OJEDA, PATRICIO CANO, YLIA BRAVO, JORGE GARCÍA Y AYAMEL FERNÁNDEZ.